Décimo cuarto domingo del Tiempo Ordinario
Zacarías nos deja una profecía que vale la pena recordar siempre. El dominio del Señor no se basará en armamentos ni en acuerdos políticos que juegan con la vida humana, sino en la promoción y proclamación de la paz. No hablamos de una “pax romana” sostenida por la opresión, sino de una paz que nace de la conversión personal y social, orientada a la solidaridad, la justicia, el amor y la fraternidad. Sabemos que ese Rey ya está entre nosotros, por eso podemos gritar de júbilo mientras nos comprometemos a mantenernos fieles a su Causa.
Sin embargo, es importante tener presente algo fundamental: cuando Pablo se refiere a “bajos instintos”, solemos pensar en términos morales, especialmente sexuales. ¡Ojo! No solo eso son bajos instintos. Debemos tener en cuenta tres grandes tentaciones: el afán de poder, de placer y de tener, las mismas que Jesús enfrentó antes de comenzar su misión. Estos tres instintos obstruyen nuestro camino en la configuración con Jesús y, por lo tanto, frenan la construcción del Reino. De los tres, el afán de poder es el más dañino, ya que nos lleva a creer que estamos por encima de los demás, destruyendo la fraternidad que Dios soñó desde el principio y, en última instancia, nos destruye a nosotros mismos.
¿Somos capaces de ver la sencillez y, al mismo tiempo, la profundidad del mensaje de Jesús? Los tres bajos instintos son los que tienen al mundo de cabeza, alejándonos de los valores de vida y glorificando los antivalores que surgen de ellos.
Cuando nos dejamos llevar por estos instintos, no solo no somos felices, sino que acabamos agotados y agobiados, arrastrando a los demás con nosotros. En lugar de renovarnos, nos consumimos. Por eso, es urgente recordar que podemos ir a Jesús, cargar con nuestra cruz como Él, pero no sin Él. Él nos invita a descansar en su compañía mientras construimos el Reino. ¡No desfallezcamos en esta misión, sigamos adelante con confianza!
Diario Bíblico Claretiano 2026
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