La liturgia de la Palabra nos invita a reflexionar sobre nuestra respuesta a la llamada de Dios, la conversión y la humildad.
En el evangelio, Jesús presenta la parábola de los dos hijos y hace la pregunta sobre quién hizo la voluntad del padre y la respuesta es obvia: aquel que, a pesar de su negativa inicial, se arrepintió y fue. Este texto nos invita a reflexionar sobre nuestra respuesta a Dios. A veces podemos ser como el primer hijo: decimos que seguiremos a Dios, pero nuestras acciones no coinciden con nuestras palabras. El llamado es a una conversión auténtica, que se muestra no solo en propósitos, sino en hechos.
Este llamado a la conversión también se refleja en el profeta Ezequiel, quien nos recuerda sobre la responsabilidad de nuestro compromiso ante Dios. Cada uno de nosotros tiene la libertad de elegir, y nuestras decisiones tienen consecuencias. Pero nos recuerda que, aunque fallemos, si nos arrepentimos, Dios nos perdona y nos da una nueva oportunidad. La conversión no es solo un cambio de comportamiento, sino un cambio de corazón, una vuelta sincera al querer de Dios.
San Pablo nos exhorta a vivir en unidad y con humildad, siguiendo el ejemplo de Cristo. Jesús, aunque era Dios, se abajó, se despojó de su grandeza y se entregó por nosotros. Esta actitud de humildad y servicio es la que debe marcar nuestra vida cristiana. San Pablo nos invita a tener “el mismo sentir” de Cristo, lo que significa poner a los demás por encima de uno mismo, buscando siempre la Comunión y el bienestar de todos.
En resumen, el evangelio nos exhorta a la coherencia, entre lo que decimos y practicamos, para no ser como el hijo que promete y no cumple, sino a imitar el arrepentimiento y la conversión del primer hijo. Recordándonos que siempre hay oportunidad para cambiar, y que el camino de lo humildad nos traerá más satisfacciones.
Diario Bíblico Claretiano 2026
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