Cuando decimos que Ser católico es "cumplir la Ley de Dios" nos referimos a esa Ley del Amor que Cristo resumió en dos mandatos: Amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo. Una Ley que Yahvé había enseñado al pueblo de Israel por medio de Los Diez Mandamientos y que Cristo vino a perfeccionar dándole un espíritu más allá de la letra. Y no podía ser de otra manera, pues como nos dice San Juan en su evangelio, Dios es Amor. Por eso ahora el prójimo nos solo es el de mi raza o pueblo sino todos con los que nos tropecemos, sean amigos o enemigos. De ahí se deducen todas las demás virtudes y actitudes del católico. San Pablo nos lo presenta en su cantar al amor (1 Corintios 13,4-7):
El amor es paciente y bondadoso,
no tiene envidia
ni orgullo ni arrogancia.
No es grosero ni egoísta,
no se irrita ni es rencoroso;
no se alegra de la injusticia,
sino que encuentra
su alegría en la verdad.
Todo lo disculpa, todo lo cree,
todo lo espera, todo lo soporta.
Esto es ser católico.